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Ricardo Ragendorfer. Los huesos del túnel aún no tienen nombre

En diálogo con Buenos Aires 2punto0, Ricardo Ragendorfer comenta las características de su investigación que sirvió de argumento para la película “El túnel de los huesos”; habla de la investigación que aún le deben a quienes alguna vez perecieron allí; de la depuración que falta en el servicio penitenciario y de la complicidad del poder judicial con la dictadura militar.


Ricardo “Patán” Ragendorfer es indudablemente el periodista de Policiales más destacado de la Argentina en este siglo. Dueño de un estilo literario en el que la trama y el drama humano emerge por sobre la sordidez de los casos delictivos, Ragendorfer aporta relatos de serie negra, historias de códigos, amistad, dramas existenciales, que emergen desde seres marginales y marginados. Su exquisito manejo literario aporta voz a los que no suelen tener voz, y sus historias del otro lado de la ley resuenan en las conciencias de sus lectores como un eco que refleja en la mente esas otras realidades que el público prefiere ignorar o contemplar deformada en la televisión. En diálogo con Buenos Aires 2punto0, este talentoso autor comentó las características de su investigación que sirvió de argumento para la película “El túnel de los huesos”, un relato donde todos los ingredientes de su producción literaria confluyen en una historia desgarradora y fascinante.


-Se estrenó una película que, de alguna manera, está basada en una investigación periodística tuya.


-Sí, es en una crónica que en su momento salió en Página 30 (que era la revista de Página 12); en mayo de 1992, y se refiere a una fuga que tuvo lugar en una cárcel de Devoto en noviembre de 1991.


-Es básicamente la historia de Oscar “la Garza Sosa” y en total siete presos que se fugaron en ese momento pero cuando estaban construyendo el túnel tienen un hallazgo macabro.


-Sí, en el medio del túnel. Además de (Oscar) la Garza estaba, que es el tipo que se conecta conmigo, un pistolero también famoso en esa época que se llamaba César Bartogaray (alias Quiko) y el asunto es que, efectivamente, los tipos cuando estaban atravesando por abajo un callejón interno de la cárcel de Devoto, al cual no tenían acceso ni los presos ni los guardiacárceles, se topan con una especie de osario clandestino, o sea, con un montón de huesos, y eso, tal como lo muestra la película, los movilizó, diríase místicamente, y se encomiendan al alma de esos muertos formulando la siguiente promesa: si llegaban a salir, ellos iban a contar públicamente que aquellos muertos estaban ahí abajo, a cambio de la ayuda de esos espíritus para que la fuga sea exitosa. Y, efectivamente, Quiko Bartogaray se comunica conmigo. El otro día, en el estreno de la película, me enteré que Cacho La Garza y Quiko habían tirado la monedita para ver quién era el que se iba a encontrar conmigo, es una cosa que yo no había sabido y tampoco supe que la persona que les indicó que se comunicaran conmigo, o sea el que me recomendó, era el cura Pérez, que por cierto no era sacerdote sino era un pistolero que se había mandado un achaco disfrazado de una sotana. Fijáte cómo son las vueltas de las cosas.


-¿Por qué pensás que te eligieron a vos? Ya eras un periodista conocido, venías cubriendo casos policiales, hiciste una investigación muy importante sobre la policía bonaerense, pero ¿por qué creés que te eligieron a vos?


-Justamente, por este muchacho el “cura Pérez”. El cura Pérez venía estando preso hace mucho tiempo y, en su momento, me manda una carta al diario en el cual yo trabajaba. Y era una carta bastante larga, en la que noté que escribía muy bien; entonces se convirtió en nuestro corresponsal en Devoto, pero fijáte lo que son las vueltas de la vida, porque, en el año 1993 cuando hacíamos con Nacho Gracino (que es el director de la película “El Otro Lado”, que era el programa de Fabián Polosecky) nuestro primer programa sobre policías y delincuentes, uno de los entrevistados era justamente el cura Pérez, que había salido en libertad y caería en cana 15 días después, pero fue una entrevista muy divertida, o muy accidentada mejor dicho, porque como el tipo, estando en libertad, había empezado a “trabajar” en lo suyo, no quería mostrase a cara descubierta; entonces le pusimos una barba postiza, que era una cosa absolutamente bizarra, le faltaba el piolín nada más. Y cuando salió de la entrevista que se hizo en el bar del Británico, nos dio la mano a todos, paró un taxi, y se fue con la barba. Nos afanó la barba.


Y bueno, digamos, la circularidad del asunto era que Nacho Gracino participó como realizador de esa entrevista, quien, por otra parte, propiciaría y daría el primer puntapié inicial, o el primer movimiento, para que yo tenga acceso a esa historia, para eso se convirtiera en una nota periodística que luego Nacho convirtió en un largometraje.


-Además, esa nota periodística, más allá de que sirvió para este guión, fue galardonada, recibiste el premio en España.


-Sí, más allá del éxito que tuvo esa nota, esa historia dio pie a otra investigación. Una investigación que, por cierto, aún no está concluida en el aspecto judicial de la palabra. O sea, los muchachos que se fugaron suponían que los muertos habían sido asesinados durante la dictadura, era desaparecidos o presos políticos que habían sido asesinados.


Empezamos a investigar. En esa investigación, también participó el recientemente fallecido Elías Neuman y, si bien en la cárcel de Devoto hubo personas que estuvieron presas por cuestiones políticas, no hubo desaparecidos porque ahí no funcionaba ningún centro clandestino de detención ni, a diferencia de otras cárceles (por ejemplo, la Unidad 9, donde algunos presos eran presuntamente liberados para ser asesinados en la esquina del penal), no había denuncias de casos semejantes. Entonces, llegamos a la conclusión de que esos muertos eran parte de las víctimas de la cuenta secreta de lo que se llamó la “Masacre del Pabellón 7”.


En marzo de 1978, hubo un motín muy sangriento, en el cual las cifras oficiales daban 61 muertos, pero había muchos otros muertos. Que se supone son los que están ahí abajo. En su momento, cuando salió la nota junto con la nota de Página 30, publicamos luego una serie de notas sobre esa investigación, también con Elías Neuman y con Simón Lázara, que en ese entonces estaba al frente de la APDH. Incluso se hizo una denuncia judicial, lo que pasa es que en esa época no había demasiada voluntad política para investigar este tipo de hechos. Con Nacho pensábamos, y seguimos pensando, que la película ofrece unas condiciones propicias como para volver a investigar esos casos que, pese a no haber sido desaparecidos en el aspecto estricto de la palabra, son víctimas del terrorismo de Estado.


-Mencionaste la Unidad 9 donde se sigue adelante con algunos de los juicios que tienen que ver con el servicio penitenciario. Vos escribiste un libro con respecto a la policía bonaerense y se ha hablado de la participación de la policía bonaerense, sin duda, en el terrorismo de Estado, pero se ha hablado poco de la participación que tuvo el personal del servicio penitenciario, quienes paradójicamente muchos siguen en servicio.


-Sí, una de las grandes deudas que la democracia tiene con la sociedad argentina es la democratización de las fuerzas de seguridad y tal vez la fuerza de seguridad menos depurada sea el servicio penitenciario, tanto federal como provincial. O sea, la única depuración que hubo es una depuración biológica (los que se jubilaron). En tal sentido, hubo muy pocas causas que tienen que ver con crímenes de lesa humanidad cometidos por personal penitenciario. Uno de ellos fue el de Córdoba, donde también resultaron condenados (Jorge Rafael) Videla y (Luciano Benjamín) Menéndez y otro, justamente, el de la Unidad 9. También hay que destacar que muchos efectivos penitenciarios actuaron en grupos de tareas de otras fuerzas. Tal vez la fuerza armada, o los grupos de tareas que más penitenciarios recibieron, fue la Armada.


-De hecho, del juicio de la unidad 9 se desprenden los nombres de algunos jueces que participaron y todavía siguen en actividad como funcionarios judiciales y que han sido mencionados en esa unidad.


-Sí, efectivamente. En materia de jueces, es otra de las deudas pendientes, ésa sería la pata civil del terrorismo de Estado. En La Plata hubo muchos, en Mar Del Plata también (por ejemplo, el famoso juez Pedro Cornelio Federico Hooft), en Morón (Federico) Nievas Woodgate. Me río un poco cuando escucho el nombre de (Federico) Nievas Woodgate porque yo una vez había escrito una nota en la que señalaba que todo el Poder Judicial de Morón había sido nombrado por el Senador Horacio Roman, entonces Nievas Woodgate salió a decir “No, no, yo no”; claro, había sido nombrado por los militares, que es peor.


Están también los casos de Mendoza: (César) Miretti, (Horacio) Romano. Yo diría que gran parte del Poder Judicial fue, desde luego, cómplice y cómplice activo de la dictadura militar. La complicidad no solamente consistió en no darle bola a los habeas corpus, sino también en participar de interrogatorios y demás, como el caso de Bruza en Santa Fe. Hay una larga lista de tipos complicados con esa época.


09-07-2011
 

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